Fin de año difícil para muchos. Particularmente para los defensores de la soberanía nacional: de cualquier soberanía. El asunto de wikileaks, el mismo por el que a fecha de hoy pasan tan de puntillas los medios excluídos en el reparto de cables, pone en entredicho nociones tan arraigadas en nuestro inconsciente occidental como la independencia de las naciones, e incluso que esto que llamamos orgullosamente democracia sea más que una pantomima de títeres.
Nada que no se intuyera previamente: pero hasta el observador más cínico no puede menos que sorprenderse ante la profusión de datos, fechas, nombres y detalles con la que los encargados de salvaguardar los intereses de América (vamos a llamar al imperio como les gusta llamarse a sí mismos) recogen en cada informe transmitido a la base central. Informes que transmiten la servilidad con la que más altas instituciones de los estados acuden raudos a la llamada del representante americano, dispuestos a deshacerse en explicaciones sobre todos sus movimientos; algunos de ellos casi imperceptibles a ojos de sus súbditos, pero que no escapan al intenso escrutinio del embajador de turno. Gente que, en el vis à vis, no duda en situarse al margen de la legalidad que defiende ante las cámaras.
Se podía leer ayer que uno de los términos más mencionados en los informes (al menos en los que se refieren a políticos y personalidades españolas) es "behind the scenes", "entre bastidores"; porque, en este mundo obsesionado por la imagen, lo importante es la apariencia, no el hecho. "Que parezca un accidente", como viene a decir Tom Flanagan cuando pide la cabeza del mensajero, o como diversas autoridades directamente implicadas en las revelaciones cuando piden airadamente que se incluya a Wikileaks ni más ni menos que en la lista de organizaciones terroristas.
Parece mentira que juristas eminentes tengan que recordar que Assange no ha cometido, en este caso, ningún delito. No tiene la culpa de nada. No es un hacker. No se ha infiltrado en ninguna red. Es un mero receptor / transmisor de información, que hace bueno el famoso lema de "information wants to be free" en su faceta menos relacionada con la economía. Defender, como defienden algunos, que tanto información como transmisor no sean desinteresados, no es sino una cortina de humo para intentar esconder las vergüenzas expuestas al sol. Vergüenzas que dan mucho asco.
Como asco da que mercaderes de cultura como Amazon se quiten la careta y procedan a expulsar de sus servidores a Wikileaks. Un comportamiento impropio del que no tiene nada que ocultar, y que, en buena ley, debería ser castigado con un directo a la caja registradora de cara a estas navidades.
Amazon: el Burn A Kindle Day se acerca. Ya veréis qué risa.
(Continuará...)


Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados