Las acusaciones de traición contra Julian Assange, que formulan sin descanso tanto oligarquía como parte de la opinión pública de América, sólo se sustentan desde su habitual visión egocentrista del Universo, la que les permite vivir de espalda a la realidad de que hay otros países, otros idiomas, otras leyes.
Incluso en la democracia más pura, la de Pericles, hay personas que no participan: mujeres, esclavos, y metecos. Extranjeros con todos los deberes, pero sin derechos. Este sistema en el que vivimos, y que solamente comparte con el original un nombre interesado, no va a ser menos. Puede acusarnos de un delito que, por definición, solamente pueden cometer sus ciudadanos, pero sin concedernos la ciudadanía.
Para los americanos, los que vivimos fuera de sus fronteras geográficas somos terráqueos de segunda. Los análisis de su diplomacia son en muchas ocasiones muy cercanos a los de los exploradores coloniales que parodiaba magistralmente Borges en "El informe de Brodie"; como en el relato, la descripción de los salvajes termina reflejando los prejuicios miserables del observador. Habría que explicar, una vez más, al misionero de turno que estos salvajes, aunque no se acuerden, son los que construyeron las catedrales que tienen al lado, y que originaron todos los ideales que su país ha pervertido para después venir a vendérnoslos transformados en bisutería.
Y después echarle a la olla y comérselo.


Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados